Con una pasmosa y admirable economía de medios, Valadés nos adentra en una situación que nos impide continuar impasibles la lectura, y la remata con un final imprevisto y sorprendente, de una sencillez contundente y genial.
Tan recomendable la película como este cuento corto que sin ningún reparo podría haber estado en ella.
Tras el texto añadimos un pequeño glosario de voces mexicanas que aparecen en el texto: ejidatarios, jijos, paliacate, itacates, órale y amuina.
La muerte tiene permiso, de Edmundo Valadés
Sobre el estrado, los ingenieros conversan, ríen. Se golpean unos a otros con bromas incisivas. Sueltan chistes gruesos cuyo clímax es siempre áspero. Poco a poco su atención se concentra en el auditorio. Dejan de recordar la última juerga, las intimidades de la muchacha que debutó en la casa de recreo a la que son asiduos. El tema de su charla son ahora esos hombres, ejidatarios congregados en una asamblea y que están ahí abajo, frente a ellos.
La muerte tiene permiso, de Edmundo Valadés
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| Fragmento de la exposición “La muerte tiene permiso”, de José Guadalupe Posada (1852-1913) |
Sobre el estrado, los ingenieros conversan, ríen. Se golpean unos a otros con bromas incisivas. Sueltan chistes gruesos cuyo clímax es siempre áspero. Poco a poco su atención se concentra en el auditorio. Dejan de recordar la última juerga, las intimidades de la muchacha que debutó en la casa de recreo a la que son asiduos. El tema de su charla son ahora esos hombres, ejidatarios congregados en una asamblea y que están ahí abajo, frente a ellos.
