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lunes, 19 de septiembre de 2016

Carta a Sancho Panza, de Carmen Hernández Montalbán



Fue mi amiga Soledad Jacobe quien un día insistió para que fuéramos a Guadix (Granada) a visitar a unas hermanas escritoras a quienes quería (y quiere) mucho.
Por eso (una de las tantas cosas que tengo que agradecer a Sole), conocí Guadix y a Carmen, que hoy nos regala este breve relato en el que da voz a un atribulado Don Quijote.



Carta a Sancho Panza, de Carmen Hernández Montalbán

Amigo Sancho, no sé cómo habrá de llegar esta carta a tu poder, pues me figuro que ni con calzas de muchas leguas se pueda salvar tanta distancia y, en caso que ésta te llegara, sería menester, acaso, el concurso del Licenciado Pérez, quien pudiera desentrañar su sentido sin que a tus entendederas estas letras se le antojen un ejército de hormigas.

sábado, 13 de diciembre de 2014

El hombre en la calle, de Georges Simenon

García Márquez dijo de El hombre de la calle que era el mejor relato que había leído. Lo leyó de joven y no recordaba ni el título ni el autor, y llegó a obsesionarse con ello. Es una buena tarjeta de presentación para este cuento policíaco que el prolífico Simenon (más de 200 obras publicadas) nos regala hoy.

Aunque su personaje más conocido es el protagonista de este relato, el inspector Maigret, que desarrolla su labor en París, muy recomendables son las novelas que Simenon situó en pequeñas ciudades francesas, ya que le permiten retratar personajes de apariencia impoluta, modelos para la comunidad y que, sin embargo, basan su status en oscuras prácticas mafiosas para reinar en sociedades tan hipócritas como mezquinas.
El inefable Maigret fue popularizado mundialmente por el actor Jean Gabin, y es de reseñar que, basados en novelas de Simenon se rodaron alrededor de 50 films.
Amante de tramas simples, los personajes de Simenon (Lieja, 1903-1989) son por lo general muy cercanos, accesibles y humanos, como si estuvieran presos de sus destinos. Tal parece ser el caso de...

El hombre en la calle, de Georges Simenon

Los cuatro hombres iban apretujados dentro del taxi. En París helaba. A las siete y media de la mañana la ciudad estaba lívida, el viento hacía correr a ras de suelo un polvillo de hielo.

El más delgado de los cuatro, en un asiento abatible, tenía un cigarrillo pegado al labio inferior e iba esposado. El más importante, de mandíbula fuerte, envuelto en un recio abrigo y con un sombrero hongo en la cabeza, fumaba en pipa viendo desfilar ante sus ojos la verja del Bois de Boulogne.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Enoch Soames, de Max Beerbohm

Max Beerbohm (Londres, 1872-1956) no es un escritor en exceso conocido, pero su Enoch Soames figura en cualquier antología universal del cuento que se precie, comenzando por la que Borges, Silvina y Bioy compilaron.
Utilizando la argucia de convertirse él mismo autoparodiándose y con su nombre verdadero en narrador del cuento, consigue la necesaria verosimilitud que cualquier relato fantástico precisa.
Una estructura perfecta que nos sitúa ante la tragicomedia de un escritor que se toma demasiado en serio a sí mismo, hasta el punto de vender su alma al diablo. Pero no para asegurarse la gloria mundana sino simplemente para comprobar de forma fehaciente cómo lo tratará la posteridad.
Exquisito —y a veces cruel, incluso con el diablo— en el retrato de los personajes y preciso en la secuenciación de la trama, Beerbohm construye una historia sin resquicios, imperdible para cualquier aficionado al género.
Como colofón al cuento, y quizá para hacerlo más redondo todavía, constatar dos curiosidades: que existe una espléndida página (que descubrí gracias a "Lecturas errantes") que "hace real" a Enoch Soames y denosta al "calumniador" Beerbohm. Es Cypherpress, merece la pena visitarla, de ella son las ilustraciones que acompañan este peculiar y raro relato.
La segunda es que el ilusionista norteamericano R. J. Teller, que había leído el cuento 34 años antes, apareció en la sala de lectura del Museo Británico caracterizado como Enoch Soames. Eran las 14:10 del día 3 de junio de 1997. Se comportó según se narra en el relato, provocando gran expectación en los presentes. Según dice el mismo Enoch en el cuento: "Llamé mucho la atención. Creo que más bien los atemoricé. Me rehuían cuando me aproximaba. Los hombres que ocupaban el escritorio circular en el centro de la sala parecían asaltados del pánico cada vez que me acercaba para hacer alguna averiguación".
Y luego desapareció, misteriosa y sorprendentemente, sin que nadie supiera cómo...

Enoch Soames, de Max Beerbohm

Cuando el señor Holbrook Jackson dio al mundo un libro sobre la literatura del 90, busqué ansiosamente en el índice el nombre de Soames, Enoch. Temía que no estuviese. Y no estaba. Sin embargo, figuraban todos los demás. Muchos escritores a quienes yo olvidara por completo o solo recordaba vagamente, resucitaron ante mí, con sus obras, en las páginas del señor Holbrook Jackson. El libro era tan minucioso como brillante.

lunes, 27 de octubre de 2014

El cuentista, de Saki

Héctor Hugh Munro, conocido por el seudónimo literario de Saki (1870 - 1916), fue un dramaturgo inglés (aunque nacido en Birmania) con especial talento para el cuento.
Le tocó vivir en una sociedad tan encorsetadora como la victoriana, y quizá por ello muchos de sus relatos rezuman ironía y crítica en sus, aparentemente, objetivas descripciones.
Qué mejor que unas palabras de Jorge Luis Borges para presentarle: «Con una suerte de pudor, Saki da un tono de trivialidad a relatos cuya íntima trama es amarga y cruel. Esa delicadeza, esa levedad, esa ausencia de énfasis puede recordar las deliciosas comedias de Wilde».

En este breve relato nos ofrece una sátira sobre los cuentos "políticamente correctos" y quienes los relatan. Escrito hace más de cien años pero lamentablemente vigente, y una delicia para el lector inteligente.


El cuentista, de Saki

Era una tarde calurosa y el vagón del tren también estaba caliente; la siguiente parada, Templecombe, estaba casi a una hora de distancia. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más pequeña y un niño también pequeño. Una tía, que pertenecía a los niños, ocupaba un asiento de la esquina; el otro asiento de la esquina, del lado opuesto, estaba ocupado por un hombre soltero que era un extraño ante aquella fiesta, pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban, enfáticamente, el compartimiento. Tanto la tía como los niños conversaban de manera limitada pero persistente, recordando las atenciones de una mosca que se niega a ser rechazada. La mayoría de los comentarios de la tía empezaban por «No», y casi todos los de los niños por «¿Por qué?». El hombre soltero no decía nada en voz alta. 

lunes, 20 de octubre de 2014

Así fue salvado Wang-Fo, de Marguerite Yourcenar


Marguerite Yourcenar (1983 - 1987), o el gusto por lo bien hecho.

De la autora de Memorias de Adriano, de una insaciable curiosidad por las culturas antiguas, tanto de Oriente como de Occidente, de las que recreó numerosos mitos y leyendas, traemos hoy uno de sus "Cuentos Orientales", concretamente Así fue salvado Wang-Fu, delicado relato en el que plantea interesantes temas de discusión como la admiración personal por un maestro o el de la entrega absoluta a la creación artística.
Pero si algún tema me atrajo especialmente de este cuento, para plantearlo como disparador en una clase actual integrada por adolescentes, es el del emperador, un joven criado en una burbuja, y que descubre el mundo a través de las pinturas del extraordinario pintor protagonista del relato.
Cuando al inicio de su juventud se ve obligado a afrontar la realidad del mundo en el que vive, sufre una gran frustración, ya que lo que observa está lejos de la falsa y deformada imagen que se forjó en su imaginario.
Nada distinto a lo que les ocurre a millones de jóvenes que se crían y educan en una burbuja estética, consumista y tecnológica y que, cuando se les obliga a confrontarse con la realidad, sufren una insuperable frustración.

Las ilustraciones se han tomado del cortometraje de animación de René Laloux, cuyo enlace adjuntamos tras el relato.

Así fue salvado Wang-Fo, de Marguerite Yourcenar
El viejo pintor Wang-Fo y su discípulo Ling erraban a lo largo de los caminos del reino de Han.

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