Max Beerbohm (Londres, 1872-1956) no es un escritor en exceso conocido, pero su Enoch Soames figura en cualquier antología universal del cuento que se precie, comenzando por la que Borges, Silvina y Bioy compilaron.
Utilizando la argucia de convertirse él mismo —autoparodiándose y con su nombre verdadero— en narrador del cuento, consigue la necesaria verosimilitud que cualquier relato fantástico precisa.
Una estructura perfecta que nos sitúa ante la tragicomedia de un escritor que se toma demasiado en serio a sí mismo, hasta el punto de vender su alma al diablo. Pero no para asegurarse la gloria mundana sino simplemente para comprobar de forma fehaciente cómo lo tratará la posteridad.
Exquisito —y a veces cruel, incluso con el diablo— en el retrato de los personajes y preciso en la secuenciación de la trama, Beerbohm construye una historia sin resquicios, imperdible para cualquier aficionado al género.
Como colofón al cuento, y quizá para hacerlo más redondo todavía, constatar dos curiosidades: que existe una espléndida página (que descubrí gracias a "Lecturas errantes") que "hace real" a Enoch Soames y denosta al "calumniador" Beerbohm. Es Cypherpress, merece la pena visitarla, de ella son las ilustraciones que acompañan este peculiar y raro relato.
La segunda es que el ilusionista norteamericano R. J. Teller, que había leído el cuento 34 años antes, apareció en la sala de lectura del Museo Británico caracterizado como Enoch Soames. Eran las 14:10 del día 3 de junio de 1997. Se comportó según se narra en el relato, provocando gran expectación en los presentes. Según dice el mismo Enoch en el cuento: "Llamé mucho la atención. Creo que más bien los atemoricé. Me rehuían cuando me aproximaba. Los hombres que ocupaban el escritorio circular en el centro de la sala parecían asaltados del pánico cada vez que me acercaba para hacer alguna averiguación".
Y luego desapareció, misteriosa y sorprendentemente, sin que nadie supiera cómo...
Enoch Soames, de Max Beerbohm
Cuando el señor Holbrook Jackson dio al mundo un libro sobre la literatura del 90, busqué ansiosamente en el índice el nombre de Soames, Enoch. Temía que no estuviese. Y no estaba. Sin embargo, figuraban todos los demás. Muchos escritores a quienes yo olvidara por completo o solo recordaba vagamente, resucitaron ante mí, con sus obras, en las páginas del señor Holbrook Jackson. El libro era tan minucioso como brillante.