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jueves, 11 de diciembre de 2014

Enoch Soames, de Max Beerbohm

Max Beerbohm (Londres, 1872-1956) no es un escritor en exceso conocido, pero su Enoch Soames figura en cualquier antología universal del cuento que se precie, comenzando por la que Borges, Silvina y Bioy compilaron.
Utilizando la argucia de convertirse él mismo autoparodiándose y con su nombre verdadero en narrador del cuento, consigue la necesaria verosimilitud que cualquier relato fantástico precisa.
Una estructura perfecta que nos sitúa ante la tragicomedia de un escritor que se toma demasiado en serio a sí mismo, hasta el punto de vender su alma al diablo. Pero no para asegurarse la gloria mundana sino simplemente para comprobar de forma fehaciente cómo lo tratará la posteridad.
Exquisito —y a veces cruel, incluso con el diablo— en el retrato de los personajes y preciso en la secuenciación de la trama, Beerbohm construye una historia sin resquicios, imperdible para cualquier aficionado al género.
Como colofón al cuento, y quizá para hacerlo más redondo todavía, constatar dos curiosidades: que existe una espléndida página (que descubrí gracias a "Lecturas errantes") que "hace real" a Enoch Soames y denosta al "calumniador" Beerbohm. Es Cypherpress, merece la pena visitarla, de ella son las ilustraciones que acompañan este peculiar y raro relato.
La segunda es que el ilusionista norteamericano R. J. Teller, que había leído el cuento 34 años antes, apareció en la sala de lectura del Museo Británico caracterizado como Enoch Soames. Eran las 14:10 del día 3 de junio de 1997. Se comportó según se narra en el relato, provocando gran expectación en los presentes. Según dice el mismo Enoch en el cuento: "Llamé mucho la atención. Creo que más bien los atemoricé. Me rehuían cuando me aproximaba. Los hombres que ocupaban el escritorio circular en el centro de la sala parecían asaltados del pánico cada vez que me acercaba para hacer alguna averiguación".
Y luego desapareció, misteriosa y sorprendentemente, sin que nadie supiera cómo...

Enoch Soames, de Max Beerbohm

Cuando el señor Holbrook Jackson dio al mundo un libro sobre la literatura del 90, busqué ansiosamente en el índice el nombre de Soames, Enoch. Temía que no estuviese. Y no estaba. Sin embargo, figuraban todos los demás. Muchos escritores a quienes yo olvidara por completo o solo recordaba vagamente, resucitaron ante mí, con sus obras, en las páginas del señor Holbrook Jackson. El libro era tan minucioso como brillante.

lunes, 27 de octubre de 2014

El cuentista, de Saki

Héctor Hugh Munro, conocido por el seudónimo literario de Saki (1870 - 1916), fue un dramaturgo inglés (aunque nacido en Birmania) con especial talento para el cuento.
Le tocó vivir en una sociedad tan encorsetadora como la victoriana, y quizá por ello muchos de sus relatos rezuman ironía y crítica en sus, aparentemente, objetivas descripciones.
Qué mejor que unas palabras de Jorge Luis Borges para presentarle: «Con una suerte de pudor, Saki da un tono de trivialidad a relatos cuya íntima trama es amarga y cruel. Esa delicadeza, esa levedad, esa ausencia de énfasis puede recordar las deliciosas comedias de Wilde».

En este breve relato nos ofrece una sátira sobre los cuentos "políticamente correctos" y quienes los relatan. Escrito hace más de cien años pero lamentablemente vigente, y una delicia para el lector inteligente.


El cuentista, de Saki

Era una tarde calurosa y el vagón del tren también estaba caliente; la siguiente parada, Templecombe, estaba casi a una hora de distancia. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más pequeña y un niño también pequeño. Una tía, que pertenecía a los niños, ocupaba un asiento de la esquina; el otro asiento de la esquina, del lado opuesto, estaba ocupado por un hombre soltero que era un extraño ante aquella fiesta, pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban, enfáticamente, el compartimiento. Tanto la tía como los niños conversaban de manera limitada pero persistente, recordando las atenciones de una mosca que se niega a ser rechazada. La mayoría de los comentarios de la tía empezaban por «No», y casi todos los de los niños por «¿Por qué?». El hombre soltero no decía nada en voz alta. 

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