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sábado, 25 de octubre de 2014

Los nueve mil millones de nombres de Dios, de Arthur C. Clarke

Arthur C Clarke (1917 - 2008), el autor de 2001, una odisea espacial, se adentró en la ficción con una rigurosa base científica.

Ello le permitió adentrarse con autoridad en terrenos de otra forma pantanosos, y tratar temas que, en otros ámbitos y con otras formas, mucho más serias y académicas, no llegaban al gran público.
El relato de tan largo título que hoy traemos al blog, sin dejar de ser un entretenido y de fácil lectura divertimento, plantea el contraste entre una sociedad tecnificada y otra dedicada al servicio de Dios, y su final, no por previsible menos original, nos deja una pensativa sonrisa.

Los nueve mil millones de nombres de Dios, de Arthur C. Clarke

―Esta es una petición un tanto desacostumbrada ―dijo el doctor Wagner, en lo que esperaba fuera un comentario adecuado―. Que yo recuerde, es la primera vez que alguien ha pedido una computadora de secuencia automática para un monasterio tibetano. No me gustaría mostrarme inquisitivo, pero me cuesta pensar que en su... ejem... establecimiento haya aplicaciones para semejante máquina. ¿Podría explicarme que intentan hacer con ella?

martes, 16 de septiembre de 2014

La última pregunta, de Isaac Asimov


La última pregunta es una gozada mayúscula para los que gustan de la ciencia ficción, y será una agradabilísima sorpresa para quienes no se acercaron hasta ahora, por el motivo que fuere, a ese género. Confieso que mi interés por la Filosofía no lo despertó ningún profesor, sino gentes como Asimov y Artur C. Clark, en cuyos textos de aventuras interestelares subyacen constantemente y sin que nos demos cuenta esas jodidas preguntitas que siguen sin contestarme, por más que muchas religiones y credos presuman que tienen la respuesta: quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos y qué puñetas hacemos en este lindo planeta.



Eso y mucho más es La última pregunta, que aunque parezca mentira se publicó nada menos que en... 1956.

La última pregunta, de Isaac Asimov

La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se bañó en luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta por cinco dólares hecha entre dos hombres que bebían cerveza, y sucedió de esta manera:
Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos de los fieles asistentes de Multivac. Dentro de las dimensiones de lo humano, sabían qué era lo que pasaba detrás del rostro frío, parpadeante e intermitentemente luminoso ―kilómetros y kilómetros de rostro― de la gigantesca computadora. Al menos tenían una vaga noción del plan general de circuitos y retransmisores que desde hacía mucho tiempo habían superado toda posibilidad de ser dominados por una sola persona.
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