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miércoles, 3 de diciembre de 2014

Dejar a Matilde, de Alberto Moravia

¿La dejará finalmente o no?
No está claro si Dejar a Matilde habla de amor o de desamor.
Alberto Moravia (1907 - 1990), autor de Los indiferentes y La romana, fue un apreciable cuentista de sobrio pero muy  cuidado estilo.
Procedente de una familia burguesa, critica con frecuencia la hipocresía y el miope y hedonista acomodamiento de la sociedad que le tocó vivir.
Sus personajes masculinos están llenos de hastíos, inseguridades y dudas, lo que resalta la personalidad de los femeninos; un ejemplo es la frase con la que el protagonista y narrador cierra el presente relato:
"Corrió hacia arriba y yo me quedé como un bobo, mirándola alejarse".
Aunque sus féminas tampoco pretendan escapar de la mediocridad, al menos demuestran mucha más capacidad para adaptarse a su medio.
Las pinturas que ilustran el relato son del espléndido pintor catalán Josep de Togores i Llach (1893 - 1970), que no solo compartió con Moravia época y mar, sino una particular afición por retratar la sociedad burguesa. Les animo a conocerle en los enlaces que se adjuntan tras el relato.


Dejar a Matilde, de Alberto Moravia

Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: “Mujeres y motores, alegrías y dolores”. No digo yo que no tenga sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad.

lunes, 3 de noviembre de 2014

El tercer ayudante, de Símonov

Traemos hoy al blog lo que en estos tiempos constituye una auténtica rareza: un relato publicado al principio de la II Guerra Mundial por uno de los más celebrados escritores de la extinta Unión Soviética.
La rica y prolífica literatura rusa de todos los tiempos parece abocada al drama, y Konstantín Mijáilovich Símonov (1915 – 1979) no parece ser una excepción. El tercer ayudante, un relato bélico, es el retrato de un comisario ruso que dirige en precarias condiciones pero con una fe inquebrantable, a prueba de bomba y metralla, la defensa de su territorio para detener o retrasar el avance de las tropas nazis.

Recuerdo que cuando lo leí, allá por 1980, me sorprendió la facilidad para el retrato humano que demostraba el autor, mostrando sin alardes la terca dignidad de alguien que, en las peores condiciones y rodeado de muerte, con sus tropas diezmadas, mantiene intacto su carácter. Y, aferrándose a su frase preferida («a los valientes los matan menos que a los cobardes»), intenta elevar el de sus camaradas. Todo un ejemplo para tiempos de crisis.


El tercer ayudante, de Símonov

El comisario estaba plenamente convencido de que a los valientes los matan menos que a los cobardes. Le gustaba repetirlo y se enojaba cuando se lo discutían.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril, de Haruki Murakami

Del autor de Tokio blues traemos hoy un relato que aúna la sencilla exquisitez borgiana y el exotismo oriental para conformar una historia redonda y sin resquicios que plantea el tema de la casualidad y, de paso, el de que las oportunidades que dejamos escapar pueden no regresar nunca.

Uno de los cuentos por los que pondría la mano en el fuego.

Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril, de Haruki Murakami

Una bonita mañana de abril, en una estrecha calle del barrio chic de Harujuku en Tokio, me crucé andando con la chica 100% perfecta.

Aunque a decir verdad, ella no era tan guapa.

sábado, 11 de octubre de 2014

La cadena del ancla, de Roberto Arlt

Roberto Arlt (1900 - 1942) fue un escritor argentino de potente prosa y escaso reconocimiento, al menos mucho menos que el que se merecía. No por casualidad Cortázar decía de él que era su maestro.
Aunque sus relatos más conocidos son El jorobadito, Luna roja y Noche terrible, traemos hoy a las páginas del blog un relato distinto, mucho menos nombrado pero que me gusta tanto o más que los otros.
Hay quien dice de La cadena del ancla que es un relato de aventuras. Otros lo clasifican como de terror. Podría estar en el género de espías... y en muchas "cajitas" más.
Cómo una endiablada serie de casualidades concatenadas llevan a una espeluznante muerte, o cómo embarcar al lector en una travesía incómoda pero que no puede abandonar hasta conocer el final... eso y muchas cosas más es La cadena del ancla.
Si tuviera que clasificar el presente relato, lo haría en un punto intermedio entre las aventuras del Halcón Maltés y los relatos de terror de Edgar Allan Poe, ya que de ambos encuentro reminiscencias. Imperdible.

La cadena del ancla, de Roberto Arlt

Cuando a fines del año 1935 visité Marruecos, el tema general de las conversaciones giraba en torno a las actividades de los espías de las potencias extranjeras. Tánger se había convertido en una especie de cuartel general de los diversos Servicios Secretos. En Algeciras comenzaba ya esa atmósfera de turbia vigilancia y contravigilancia que se extiende por toda África costera al Mediterráneo.

domingo, 7 de septiembre de 2014

35 magníficos cuentos para un día gris

elrinconcitodebrenda.blogspot.com

Igual que pasa con las frutas, hay cuentos de todos los colores, sabores, tamaños y texturas.
Los temas que tratan son también innumerables, y no es objetivo de este blog realizar una clasificación.
Lo mismo se puede decir de los estilos que los escritores utilizaron: para hacer un cuento vale prácticamente todo.
A continuación puedes encontrar 35 relatos, algunos de ellos magníficos. Comencemos por los más cortos, para abrir boca...


El eclipse
Augusto Monterroso

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
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