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viernes, 17 de febrero de 2017

Dos Berenices, la de Caicedo y la de Poe

Andrés Caicedo (Cali, Colombia, 1951–1977) escribió que vivir más de 25 años era una insensatez: se suicidó con esa edad, poco después de recibir de una editorial la copia de un libro suyo recién editado.

Lo traemos hoy al blog para compartir uno de sus relatos, Berenice, inspirado en otro homónimo de Edgar Allan Poe que también transcribimos (en este caso, además, con el añadido de incluir cuatro párrafos que habitualmente no aparecen en las ediciones al uso, ya que tras su estreno Poe las eliminó -a regañadientes- por las quejas de varios mojigatos lectores a la editorial).


En la Berenice de Caicedo asistimos a una original orgía de voces narradoras en la que los tres obsesionados y juveniles protagonistas se confunden con la prostituta que da nombre al cuento.

Para conocer con más profundidad a Andrés Caicedo es muy recomendable zambullirse en varias páginas electrónicas, como el portal Poetas del fin del mundo, la del Banco República de Colombia o la de la editorial Words and Books, más concretamente en este enlace de YouTube, en el que a partir del minuto 5 y 55 segundos comienza una magnífica lectura de esta moderna Berenice.

Además, gracias a Lilia Ramírez, incluimos este enlace por el que se puede descargar en la página de Academia varios relatos más: 


Disfruten estos magníficos relatos en cualquiera de sus formas.



Berenice, de Andrés Caicedo
Aya-Lunar

Y te ibas a ir después de que Guillermo había vendido todos los objetos de plata que pudo encontrar en baúles, armarios y demás recovecos familiares. Después de que el tablero de la clase permanecía empapelado con las letras de tu nombre a dos colores, y los muchachos nos preguntaban qué quiere decir eso, ¿es el nombre de una hembra?

No, ¿cuál hembra?, respondíamos siempre, es solamente un juego. Te ibas a ir después de haber protagonizado el simple hecho de conocernos, después de haber juntado y exprimido nuestros cuerpos por quién sabe cuántas oportunidades y esperar a que llegara el otro día en el cual repasábamos todo lo anterior como si nunca hubiéramos estado contigo.
Esa era la verdad, amor: te olvidábamos. Y en esa verdad estribaba la razón de tu maravilla: no dejabas nada para recordar, no se podía.

viernes, 22 de enero de 2016

Montevideo transformado, de Antonio Ballesteros

La fotografía muestra cómo transmuta el primer edificio de la Avenida 18 de Julio.

Los iniciales choques en cadena se produjeron cuando los primeros rayos de sol alumbraron un Montevideo que comenzaba a desperezarse:

miércoles, 13 de enero de 2016

Harrison Bergeron, de Kurt Vonnegut

Ojalá ninguna sociedad futura se parezca a la que plantea Vonnegut en este inquietante (además de distópico y satírico) relato, aunque si encendemos un poco cualquier canal de televisión pareciera que vamos camino de ello.
Kurt Vonnegut (1922 - 2007), autor de Las sirenas de Titán, fue un escritor estadounidense con un apreciable sentido del humor, a pesar de que su dramática experiencia como prisionero de los nazis en la IIª Guerra Mundial seguramente marcó el tono un tanto pesimista de su obra.
Harrison Bergeron plantea una sociedad igualitaria por ley que eleva a prototipo la mediocridad. Ya Heródoto, en Las historias, Libro 5, 92-f, plantea algo similar para conseguir un gobierno “placido”:
Periandro había enviado un heraldo a Trasíbulo de Mileto y le consultó de qué forma podía él gobernar mejor y de forma más segura su ciudad. Trasíbulo condujo al hombre enviado por Periandro fuera de la ciudad, y lo llevó a un campo sembrado. Mientras caminaba entre el trigo, preguntando constantemente por qué el mensajero había ido a verlo a él desde Cípselo, iba cortando los brotes más altos de trigo que veía a su paso, y los arrojaba al camino, hasta que hubo destruido la mejor y más rica parte de su sembrado. Luego, regresó a su morada y sin una palabra de consejo, despidió al heraldo.
Cuando el heraldo regresó a Cípselo, Periandro estaba ansioso por escuchar el consejo que había traído el heraldo, pero el hombre le explicó que Trasibulo no le había dado ninguno. El heraldo agregó que en realidad lo había enviado a ver a un hombre muy extraño, un loco que destruía sus posesiones, y le contó a Periandro lo que le había visto hacer a Trasíbulo. Sin embargo, Periandro comprendió lo acontecido e interpretó que Trasíbulo le había aconsejado eliminar a aquellos ciudadanos que tenían habilidades o influencias fuera de lo común. Por ello comenzó a tratar a sus ciudadanos de una forma desconsiderada y malvada.

Como ven, no hay nada nuevo bajo el sol, el “panem et circenses” tiene muchas variantes. Que disfruten el relato y mucho cuidado si dentro de su cabeza escuchan ruiditos sospechosos.

Harrison Bergeron, de Kurt Vonnegut

En el año 2081 todos los hombres eran al fin iguales. No sólo iguales ante Dios y ante la ley, sino iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro; nadie era más hermoso que ningún otro; nadie era más fuerte o más rápido que ningún otro. Toda esta igualdad era debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la Constitución, y a la incesante vigilancia de los agentes de la Directora General de Impedidos de los Estados Unidos.

domingo, 10 de enero de 2016

El solipsista, de Fredric Brown

Encontré este brevísimo cuento de Fredric Brown (1906-1972) buscando predicciones a muy largo plazo de la ciencia ficción, para uno de los proyectos que pretendo llevar a cabo en este 2016.
Y me encantó por su sencillez.
Brown fue un buscavidas que, para vivir de la escritura, hizo casi de todo: cuentos de misterio, policíacos, ciencia ficción, corrección de textos, series de detectives...
Bienvenido sea, disfruten de este solipsista pero no se confíen, quizá solo gracias a él están ustedes leyendo con tanta tranquilidad...


El solipsista, de Fredric Brown
Walter B. Jehovah, por cuyo nombre no pido excusas puesto que realmente fue su nombre, fue un solipsista toda la vida. Un solipsista, en el caso de que no conozcas la palabra, es alguien que cree que él es la única cosa que existe realmente, que el resto de la gente y el universo en general existe solo en su imaginación, y que si él dejara de imaginarlos su existencia acabaría.

sábado, 9 de enero de 2016

La lotería, de Shirley Jackson

Recopilando material para los talleres me reencontré con este sobrio cuento de terror de la escritora estadounidense Shirley Jackson. Lo escribió en 1948, y mediante lo que parece un intrascendente diálogo entre unos pacíficos vecinos, nos adentra en un espeluznante trasfondo que esas mismas personas aceptan con toda normalidad.
Aunque ambientado en la América profunda, no hay que escarbar mucho para verlo como una metáfora de la hipocresía social con que nosotros, modernos ciudadanos del siglo XXI que manejamos la última tecnología, aceptamos a diario y sin rasgarnos las vestiduras más que de forma virtual mil y una situaciones mucho más dramáticas que las que el cuento refleja.
Jackson influyó en la forma de enfocar el terror de autores tan notables como King, Kneale o Matheson, y se cuenta que su marido, para promocionar la primera novela de esta escritora, difundió el bulo de que había practicado brujería, cuestión que la escritora hubo de desmentir más tarde.
Shirley Jackson murió en 1965 de un ataque al corazón, mientras dormía, a la temprana edad de 48 años.
La ilustración es de un lienzo del pintor Grant Wood que se encuentra en The Art Institute de Chicago. El "gótico americano" es la reivindicación de un tipo de vida que se fue para no volver.


La lotería, de Shirley Jackson

La mañana del 27 de junio amaneció clara y soleada con el calor lozano de un día de pleno estío; las plantas mostraban profusión de flores y la hierba tenía un verdor intenso. La gente del pueblo empezó a congregarse en la plaza, entre la oficina de correos y el banco, alrededor de las diez; en algunos pueblos había tanta gente que la lotería duraba dos días y tenía que iniciarse el día 26, pero en aquel pueblecito, donde apenas había trescientas personas, todo el asunto ocupaba apenas un par de horas, de modo que podía iniciarse a las diez de la mañana y dar tiempo todavía a que los vecinos volvieran a sus casas a comer.

jueves, 7 de enero de 2016

Mi loro Fabricio, de Antonio Ballesteros


Hace años mi familia regentaba una heladería. Venía mucha gente a saborear los magníficos helados que mis padres elaboraban. En el negocio ayudábamos todos, aunque yo, que soy el pequeño de la familia, tenía menos obligaciones que mis hermanos mayores. Cuando me tocaba ayudar, me acompañaba Fabricio. Es un loro que todavía, quince años más tarde, sigue conmigo.
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